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Ansiedad matemática: una barrera silenciosa para aprender. Por Dr. Pedro Vidal-Szabó
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Ansiedad matemática: una barrera silenciosa para aprender

Por Dr. Pedro Vidal-Szabó

La ansiedad matemática no es flojera ni falta de capacidad. Es una reacción emocional y cognitiva que puede interferir con el desempeño, favorecer la evitación y, con el tiempo, alejar a muchos estudiantes de trayectorias formativas y laborales vinculadas a lo cuantitativo. En otras palabras, no solo dificulta resolver una tarea: también puede afectar la relación que una persona construye con la matemática a lo largo de su vida.

La investigación internacional ha mostrado con bastante consistencia que esta ansiedad se relaciona con un menor rendimiento académico. Barroso et al. (2021), en un metaanálisis que integró 747 tamaños de efecto provenientes de estudios publicados entre 1992 y 2018, confirmaron una asociación negativa, estadísticamente significativa y de magnitud pequeña a moderada entre ansiedad matemática y rendimiento en matemáticas. Además, observaron que esta relación varía según el nivel escolar, la habilidad matemática y el tipo de evaluación utilizada.

La evidencia apunta entonces a una idea clave para la práctica docente: trabajar la ansiedad matemática no compite con “pasar materia”; forma parte de las condiciones que hacen posible aprender.

Cuando la ansiedad irrumpe, no solo afecta lo emocional. También interfiere de manera transitoria con recursos mentales necesarios para resolver tareas, como sostener la atención, organizar información y perseverar frente a la dificultad. En esas condiciones, la respuesta suele volverse más lenta, aumentan los errores y disminuye la confianza para seguir intentando (Ashcraft & Kirk, 2001).


Qué pasa cuando aparece la ansiedad matemática

La pregunta no es solo por qué un ejercicio resulta difícil, sino qué ocurre en la mente del estudiante cuando la ansiedad entra en escena. En ese momento, ya no está solo resolviendo un problema: también está lidiando con pensamientos de miedo, presión o fracaso. Es, en cierto modo, como intentar pensar con ruido de fondo. Y cuando ese ruido aumenta, cuesta más concentrarse, se responde más lento y los errores aparecen con mayor facilidad.

A esto se suma el componente social y escolar. La ansiedad crece cuando la matemática se vive como un espacio de comparación constante, como si el éxito de algunos solo pudiera existir a costa del fracaso de otros. El informe PISA (2015) mostró que, en promedio, mientras mejor rinden los pares del entorno, mayor tiende a ser la ansiedad del estudiante, incluso entre alumnos con niveles de desempeño similares.

Esto es coherente con una cultura de aula donde el error se interpreta como incapacidad —y no como parte del aprendizaje— y donde pasar al pizarrón o responder rápido puede transformarse en una prueba pública de valor.

La investigación más reciente en PISA 2022 (Volumen V) ofrece otra pista relevante: la calidad del vínculo estudiante-docente se asocia negativamente con la ansiedad matemática. Por ejemplo, sentirse intimidado por docentes aparece como uno de los factores con mayor asociación positiva con ansiedad, mientras que mejorar el índice de relación estudiante-docente se vincula con una disminución en el índice de ansiedad en promedio en países de la OCDE.

Se trata de asociaciones estadísticas, pero permiten orientar hipótesis pedagógicas concretas sobre el clima de aula, el trato cotidiano y la seguridad para preguntar sin temor o vergüenza.


Lo que la escuela sí puede hacer

La literatura no avala una solución única para abordar la ansiedad matemática. Más bien sugiere la necesidad de un conjunto integrado de condiciones de aula y microintervenciones orientadas a reducir la amenaza percibida y a reforzar el sentido de control del estudiantado sobre su propio desempeño.

Evaluación formativa y retroalimentación para mejorar

El informe PISA 2015 sobre ansiedad matemática reporta que, en 39 países y economías, estudiantes con desempeño similar declaran menos ansiedad cuando reportan prácticas docentes como:

  • recibir información clara sobre cómo van en su aprendizaje

  • obtener retroalimentación sobre fortalezas y debilidades

  • recibir orientación concreta sobre qué hacer para mejorar

La relevancia de estas prácticas es doble: reducen la ansiedad y, al mismo tiempo, aumentan la claridad del proceso de aprendizaje, permitiendo que el estudiante sepa qué practicar, cómo y por qué.

Estrategias de aprendizaje que reduzcan el “ruido ansioso”

En PISA 2022 (Volumen V) se reporta que estrategias proactivas —como conectar conocimientos previos con nuevos, buscar distintas maneras de resolver problemas o promover activación cognitiva y resolución creativa— se vinculan con menor ansiedad, incluso controlando por nivel socioeconómico y desempeño.

Aunque muchas de estas asociaciones son pequeñas en promedio en los países OCDE, en algunos sistemas son mayores, lo que sugiere la importancia de considerar el contexto educativo específico.

Intervenciones focalizadas

También existen intervenciones diseñadas explícitamente para disminuir la ansiedad matemática o amortiguar su efecto sobre el aprendizaje. Entre ellas se incluyen:

  • apoyos al pensamiento matemático (andamiajes para resolver problemas, enseñanza estructurada de estrategias, refuerzo de habilidades específicas)

  • estrategias de regulación emocional, como escritura expresiva, relajación o técnicas para manejar la tensión frente a evaluaciones

Sammallahti y colaboradores (2023), al analizar 50 estudios con 75 tamaños de efecto, encontraron que este tipo de intervenciones logra, en promedio, reducir de manera moderada la ansiedad matemática y mejorar el rendimiento en matemáticas. Además, observaron efectos más favorables en intervenciones de mayor duración y en estudiantes mayores de 12 años.

En una línea convergente, Codding y colaboradores (2023), en un metaanálisis con población escolar K–12, distinguieron entre intervenciones terapéuticas y aquellas centradas en habilidades matemáticas. Las primeras tendían a reducir más la ansiedad, mientras que las segundas tendían a mejorar más el logro académico. Sin embargo, estas diferencias se debilitaban al considerar con mayor rigor la calidad metodológica de los estudios.


Una responsabilidad de la escuela

Las implicancias prácticas son claras: necesitamos aulas donde el error sea información, no humillación; donde el tiempo y la rapidez no se usen como medida de valor personal; donde la evaluación no sea una emboscada; donde existan espacios de práctica de bajo riesgo; y donde la retroalimentación ayude realmente a aprender.

Por ejemplo:

  • Esto está bien logrado. ¿Cómo lo explicarías con tus propias palabras?

  • Aquí hay algo que podrías precisar o completar. ¿Qué crees que falta desarrollar?

  • Este podría ser un próximo paso para mejorar. ¿Cuál intentarías primero?

También es útil permitir gestos pequeños que pueden marcar una diferencia antes de una evaluación. Existe evidencia de que escribir brevemente sobre las propias preocupaciones puede aliviar la interferencia ansiosa y mejorar el desempeño, especialmente en estudiantes más vulnerables a la presión (Ramirez & Beilock, 2011).

La ansiedad matemática no siempre grita. A veces se disfraza de chiste, de apatía, de un “profe, ¿para qué sirve esto?”, o de un silencio que parece disciplina, pero que en realidad es miedo.

Y allí aparece una responsabilidad ineludible para la escuela: si el aula puede ser el lugar donde esa ansiedad nace o se consolida, también puede ser el lugar donde empieza a desactivarse. No para que a todo el mundo le guste la matemática, sino para que nadie tenga que odiarse a sí mismo por no entenderla.